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Lugares para ver el primer partido. ¿Dónde? ¿Cuándo?

La idea es que veas el Mundial dónde más te guste y que gane Argentina.

# Belgrano

Belgrano es moderno y antiguo a la vez. Las viejas casas de tejas y la iglesia redonda reflejan un claro pasado elitista. Cabildo y Juramento nos recuerda a cada instante que lo importante es comprar y comprar, de eso se trata. Para hacerse un alto están los cafés. Avenida del Libertador, hermosa y opulenta, y más allá el Monumental de River, que siempre luce gigante, enorme. Belgrano es hoy también un Barrio Chino, lleno de tigres y con los mismos espejos que describió Borges durante décadas. Pero Belgrano siempre será sus barrancas, y esos bancos de plaza que invitan a sentarse a ver cómo pasa la vida, o simplemente, a entender porqué pasó tan rápido.

# El Centro

Buenos Aires tiene corazón y de noche late distinto. La famosa Calle Corrientes, de corridas diurnas, oficinistas y ritmo desenfrenado de gran ciudad se convierte, al bajar el sol, en refugio de solitarios, intelectuales, cinéfilos, estudiantes y espectadores de todo lo que haya para ver. El Centro es mágico. Sus teatros albergan a las estrellas, las librerías detienen el tiempo sólo para que uno pueda curiosear mejor ese libro que siempre tuvo ganas de leer pero al que nunca se le animó. El Obelisco es el ícono porteño por tradición. Al igual que los bares y sus mozos. Ese aroma a cortado y a tostado mixto de cada mañana. Los cafés son verdaderos templos, religiones para toda la vida en las que Discépolo juró haber aprendido “filosofía, dados, timba, y la poesía cruel de no pensar más en mí”.

# La Boca

La Boca es El Diego y La Bombonera. Es el azul y amarillo que pinta las viejas casas de chapa de los conventillos. Es el puerto, el olor a Riachuelo y las viejas barcazas que cruzan a la Isla Maciel. La Boca son sus colores. Las veredas altas de tiempos en que la sudestada lo inundaba todo. Son los cuadros del genial Quinquela Martin. Es la pizza de muzza y las cantinas, porque La Boca también es Italia y sus inmigrantes. Es un grito de gol cada domingo de fútbol o un simple pero famoso Caminito que espera ansioso para dar otra Vuelta de Rocha, por donde doblan el 29 y el 64.

# Puerto Madero

Moderno desde su nacimiento, Puerto Madero es el último barrio de Buenos Aires. Sus lujosas oficinas, restaurantes, cines y cafés lo muestran impecable. Los nombres de sus calles, todos ellos de destacadas mujeres argentinas, le aportan un perfume especial, al igual que el Puente de la Mujer, de inmaculado blanco. Puerto Madero es también un Casino flotante que quedó varado. O el Yacht Club y sus veleros, que dejan desde el río mirarle la cara a la ciudad. Es la Fragata Sarmiento, o la ansiada Libertad. Y por supuesto, una puerta abierta siempre al Uruguay.

# Recoleta

Hay lugares raros. Recoleta es uno de ellos. A su cementerio se acude para encontrarse con el recuerdo de los personajes más destacados de la historia argentina. Pero Recoleta también es vida. Plaza Francia y sus espectáculos al aire libre convocan la atención de sus visitantes, al igual que los artesanos que la pintan de color durante el fin de semana. Pero si existe una palabra que define al barrio esa es “Elegancia”. La avenida Alvear y su aristocrático hotel, junto a boutiques de ropa, joyerías y cafés le aportan un glamour singular. El Museo Nacional de Bellas Artes, el Centro Cultural y el Buenos Aires Design ofrecen las nuevas tendencias artísticas y culturales. Recoleta es un barrio donde viajar en el tiempo es posible, y donde el visitante siempre tiene la última palabra y tres posibilidades: pasado, presente y futuro.

# Palermo

Palermo es un respiro. De sus bosques y lagos se puede disfrutar el aire libre sin olvidarnos que estamos en la gran ciudad. El Jardín Botánico junto al bello Rosedal y al Jardín Japonés muestran como el porteño se hermanó con la naturaleza. Multifacético, Palermo es diversión. Para los más grandes el Hipódromo, con sus burros que invitan a soñar cuando hay carreras. Y es el campo argentino, con La Rural una vez al año. Para los jóvenes, es placita Serrano con sus diseños, noche y gastronomía. Multifacético, para los chicos, es la fascinación y el extrañamiento que generan El Planetario y el Zoológico. Y es también perderse, a cualquier edad, a bordo de un mateo que sin rumbo fijo nos va mostrando los distintos verdes de una bella ciudad. Porque a pesar de todo, palermo sigue siendo un respiro.

# Boedo

Boedo, barrio de tango, milonga y arrabal. Su historia nos conduce y transporta a la nostalgia de las calles donde se interpretaron cientos y cientos de tangos y donde nacieron tantísimas historias de amor.
Es que Boedo lleva el ritmo del 2x4 en donde se lo mire. El espíritu musical se respira en los adoquines, en los boliches históricos como el de la esquina de Boedo y San Juan, donde el talentoso e inolvidable Homero Manzi supo escribir las mejores estrofas de los tangos más populares. Hoy, modernidad mediante, Boedo supo armonizar de manera perfecta sus rasgos históricos y únicos. El Café Margot es un claro exponente de ello, como así también las diversas tanguerías y el coqueto salón de teatro de Pan y Arte, entre otros...

# San Telmo

San Telmo es un largo tango de amor, de eso no quedan dudas. Es la magia de los adoquines, sus cafés y la bohemia. Es el Parque Lezama o su viejo mercado. O la fiebre amarilla que lo cambió todo. Es la calle Defensa, con sus anticuarios y sus artistas callejeros. Es la inolvidable Tita Merello jugando a las escondidas con Mafalda y sus amigos en la esquina de Defensa y Chile. Y por supuesto, es la Feria del barrio, la de los domingos en la Plaza Dorrego. La del olvido y la melancolía. La del viaje al pasado que dice presente quién sabe por cuánto tiempo.

# El Abasto

El Abasto es el tango. Allí Carlos Gardel se ganó el apodo de “el morocho del barrio". Y aún hoy, el zorzal criollo está en cada esquina. En los murales de las calles, en la estación de Subte. El Abasto es Carlitos. Las viejas cantinas del barrio, testigos privilegiadas del paso del tiempo, irradian tangos en las voces de sus muchos cantores y guitarristas. La pasión por el 2 x 4 ha logrado trascender en sus milongas y bares las diferencias generacionales. El lunfardo, idioma del arrabal, se adueñó de todo. Lo hablan los locales y lo aprenden los turistas. Y cuando esto sucede ya no hay vuelta atrás. Es amor a primera vista. De eso se trata el tango, de eso se trata el Abasto.

Y hay más barrios, por algo a Buenos Aires la llaman la ciudad de los 100 barrios porteños.