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Este sábado es la Fiesta Provincial del Dorado Entrerriano

La Paz siempre fue la entrada al "alto Paraná". Hoy, miles de pescadores la visitan cada año

La Paz se hizo conocida por ser uno de los mejores pesqueros de dorados del litoral argentino. Hoy, con un Paraná distinto, la pesca con devolución intenta trasladarnos a tiempos pasados.

Y las fiestas de pesca continúan año a año formando parte de la agenda de actividades que nos tiene preparada esta hermosa ciudad entrerriana.

La hermosa Curuzú Chalí

La ciudad de La Paz se encuentra ubicada frente a una de las reservas ictícolas más importantes de toda la cuenca del río Paraná, conocida como Reserva Ictica Curuzú Chalí.

Esta red interminable de lagunas, arroyos, ríos y riachos que supera las 15 mil hectáreas de extensión es el hábitat elegido por los peces cazadores para acechar sus presas.

Aguas claras y calmas o rápidas de gran oxigenación, con sectores bajos pero también con sectores profundos, conforman un verdadero paraíso para los pescadores deportivos que se acercan a disfrutar de técnicas tan variadas como el spinning o la pesca con mosca.

Cualquiera de estas sirve para tentar al dorado, uno de los peces carniceros más grandes y luchadores que habitan el río Paraná. Famoso por sus colores y tonalidades, este es uno de los peces más hermosos que viven en el Paraná y sus islas.

Tan místico como el oro

Los primeros aborígenes que habitaron la zona lo usaban de alimento, aunque primero rendían culto al dios del oro ya que creían que su existencia se debía a un favor divino. Incluso los conquistadores españoles quedaron fascinados por su belleza y voracidad, algo que no era común en los peces europeos.

La literatura se encargó, con el paso del tiempo, de dejar documentada su existencia. Horacio Quiroga lo describió de manera perfecta en su libro “Cuentos de la Selva”. El genial e inolvidable Haroldo Conti cuenta de manera brillante en su libro “Sudeste” la diferencia entre los dos tipos de dorados existentes y, finalmente, Roberto Zapico Antuña, quizás el primer pescador-escritor de los años 60 y 70, le dedicó un libro que lamentablemente nunca volvió a editarse, llamado “El dorado”.

Un paraíso para el pescador

La Paz, al igual que todas las ciudades que se han desarrollado a la vera del río Paraná, cuenta con maravillosos mitos y leyendas urbanas acerca de dorados enormes jamás pescados que dejaron huellas de su existencia.

Las barrancas, las correderas y los miles de camalotes que deambulan río abajo le aportan al lugar una atmósfera propia donde la pesca es parte de una aventura que no consiste sólo en sacar un pez, sino en entregarse al paisaje con absoluta placidez.

La cortesía de devolver el pez al agua es llevada a cabo por el pescador para disfrutar de su deporte favorito sin terminar con la vida de su compañero de aventuras, uno de los peces más hermosos del planeta que, junto al surubí, posee la cuenca del Plata.

La leyenda del oro que se mueve

El litoral atesora una leyenda que durante siglos contaron los guaraníes más sabios.

Una noche, los grandes dioses comunicaron al jefe Inca que debía apurarse a esconder el tesoro más importante que tuviera su imperio. Pero él mismo debía darse cuenta cuál era, antes de perderlo por completo.

Al amanecer, el gran Inca comunicó a todos la decisión de esconder la fórmula que convertía los metales en oro. La difícil tarea quedó en manos de los dos caciques más honestos del imperio, llamados Paraná y Uruguay. Debían viajar lo más lejos posible hasta descubrir un gran mar donde el sol se elevara del agua. Llevaban sólo dos cajas de madera selladas, en cuyo interior se hallaba el líquido mágico.

Caminaron durante días y meses sin hallar el lugar buscado. Cansados de andar en riachos y arroyos, y de atravesar grandes ríos, un día llegaron hasta una isla donde decidieron terminar el recorrido.

La leyenda cuenta que ambos abrieron sus cajas y arrojaron el líquido al mar que tenían enfrente. Fue en ese momento cuando las aguas comenzaron a enturbiarse y se volvieron doradas, y todos sus peces comenzaron a tomar el color del oro, al igual que lo hacían los metales.

Al ver tanta belleza, ambos se arrojaron al agua para atraparlos, pero la corriente se los llevó río abajo con mucha fuerza. Mientras se ahogaban, cada uno gritó el nombre del otro y ambos lograron escucharse, separados sólo por un gran monte.

En ese momento, mientras la corriente los llevaba río abajo, una voz les habló y les dijo que su gran jefe inca se había equivocado y que el tesoro más valioso que tenía que haber salvado era su pueblo y no su oro.

Y así, como un gesto de agradecimiento, los dioses convirtieron a Paraná y Uruguay en dos grandes mares de agua donde, a partir de entonces, sale y se guarda todos los días el sol. Y fue allí cuando los dioses impusieron a los hombres una única regla: cuidar para siempre a los peces dorados