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Hace 75 años el mundo conocía lo que era una bomba atómica.

Una locura, pero en aquellos tiempos, aunque usted no lo crea, marcó el final de una locura mas grande: la Segunda Guerra Mundial.

En la madrugada del 6 de agosto, un avión sobrevoló el cielo de Hiroshima.

Era un B-san (Señor B), como los japoneses llamaban a los B-29. Sólo uno.

Era el Straight Flush comandado por Claude Eatherly, integrante del Grupo de Operaciones 509. Eatherly debía hacer la ruta que sólo una hora después haría el Enola Gay y comprobar las condiciones meteorológicas.

El Enola Gay continuó su marcha con confiada tranquilidad.

Little Boy (el nombre con el que habían apodado a la bomba atómica) esperaba ser lanzada. Una hora después el Enola Gay ya sobrevolaba Hiroshima. Eran las 8.15 del 6 de agosto de 1945.

El último minuto de una era. Sesenta segundos después comenzaba la era atómica.

Con la muerte instantánea de más de cien mil personas. La venganza perfecta contra los japoneses contra la locura que estos desataron en Pearl Harbour.

La historia dirá...

El Grupo de Operaciones 509 era el encargado de la misión. Se había conformado pocos meses antes en Utah y recién a comienzos de mayo de 1945 fueron trasladados a la base de Tinian.

Habían elegido a los mejores pilotos de su generación. No había margen de error. Se necesitaba experiencia, habilidad, coraje y templanza.

El avión que lanzaría la bomba adquirió su nombre un día antes del bombardeo.

El piloto dijo....“Me acordé de mi madre, una pelirroja valiente, que siempre me había apoyado y que soportó que abandonara medicina para ser piloto de guerra”, declaró Paul Tibbetts cuando le preguntaron por qué el avión se llamaba Enola Gay.

Ese era el nombre de su madre (aunque lo acortó: Enola Gay Hazard Tibbets no entraba). Antes del despegue, alguien pintó las dos palabras en el fuselaje.

La misión la integraban varios aviones entre escoltas y meteorológicos. La nave principal era el Enola Gay.

Capitaneada por Tibbets contaba además con otros once tripulantes. La misión duró, entre el despegue del primer avión y la vuelta a la base del último, unas doce horas. Doce horas en las que el mundo cambió definitivamente.

Una locura de la que pasaron tan solo 75 años.

Y lo triste es el mundo aprendió poco.....o casi nada.