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El palo de Dios

"¡Pare de sufrir!" es el grito agónico de Argentina que pasó a 4tos

Trabajé. Caminé. Merendé. Recibí visitas que vinieron con cerveza bajo el brazo. Vi otro partido. Seguí trabajando. Hice mi recorrida nocturna por las calles de Baires con mis termos de agua caliente. Hablé por teléfono y mandé mensajes. Cené. Dormí. “¡Pare de sofrer!”, escucho que sigue diciendo un cabezón de la Iglesia Universal de Dios en la pantalla de canal América.

Como me dijo una amiga después del partido de Argentina-Suiza: nunca necesité tanto un faso. No aguanta, chicos. Les digo de verdad. No aguanta mi corazón, ni el de Vignolo. Y eso que no llegamos a los penales, para los que tenía reservado un incómodo lugar de 0,30 por 0,50 mts dentro del armario, entre las camisas y las bufandas.

Ya pasaron casi 24 horas del agónico 1 a 0 con el que pasamos a 4tos y sigo con la misma sensación: alguien me molió a palos y nunca me di cuenta. Tengo marcas en las manos que parecen estigmas, tanto les di con las uñas. Las estadísticas de posesión de pelota ya ni cuentan, porque en el momento en que una camiseta roja se apoderaba de la redonda mi cuerpo temblaba y mi estómago padecía del vértigo de estar parada al borde del último piso de un edificio de 100 mts de altura.

El duelo de enanos se dio en la mitad de la cancha. Shaqiri y Masche se siguieron a sol y a sombra. Las repeticiones en cámara lenta de cada pelota trabada, robada, fouleada corría a la perfección con la música de “Ten million slaves” de fondo.

Un partido aparte del 10. Verlo pelear, torear, cabecear, ayudar en la recuperación y encima tratar de salvar nuevamente al equipo con un mágico gol, es simplemente para recordar por siempre jamás. También partido aparte de Di María. El cambio de lateral no favoreció su zurda. En cambio, trató de obstaculizar la salida de Rodríguez por la derecha que, cuando tenía espacio, parecía el Galgo Gutiérrez. Con 3 zancadas lo tenías molestando a la defensa argentina.

Casi todo lo que pateó el fideo fue a parar sobre el cuerpo de los suizos. Casi todo. Tuvo una que sacó el arquero Benaglio con mano cambiada. Y la del final, la del minuto 118. Sí, fue gol de Angelito, pero solo el 30%. Permítanme decir que el primer 30% lo merece el quite y pase de mi adorado Rodrigo Palacio. Y el 40% restante es todo de Messi, que trasladó el balón, sorteó un hachazo y tuvo el ojo necesario para ver que por la derecha se abría solo Di María.

De zurda. No, no es el programa de Diegote. De zurda le dio el fideo. De zurda y con el pie abierto, confundiendo a Benaglio que iba apuradito a cubrir el palo más cercano a Di María. De zurda se estampó contra la malla la pelota y dejó a Lichtsteiner llorando dentro del arco. A nosotros, los argentinos, también nos dejó llorando. De alegría, de nervios, de soñar con tener un partido más en la copa del mundo.

“¡Pare de sofrer!”, retumbaba la voz del pastor con acento brasileño mientras el balón se estrellaba contra el palo de dios gracias a la cabeza de Džemaili y Argentina esquivaba el empate. Mis ojos se nublaron. La escena quedó a oscuras, como la camiseta suplente de la selección.

Para la tapa del diario deportivo Lance!, que había titulado horas antes de este encuentro “Os grandes já passaram ¿falta alguém?”: no sé, fijate, manejalo vos.