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Eva Duarte, Evita

Amada y odiada, admirada y no tanto. Se autodenominó "la abanderada de los pobres".

Recoleta, la zona aristocrática par excellence de la ciudad es la que más indisolublemente ligada se encuentra a la vida y a la memoria de Eva Duarte de Perón.

Es que Recoleta –su cementerio– no sólo alberga los restos mortales de la mujer que cambió la historia del país. Ella misma, en verdad, transcurrió sus días más gloriosos y sus horas más angustiantes donde hoy funciona la Biblioteca Nacional, ubicada en el predio delimitado por las avenidas Del Libertador y General Las Heras, y las calles Austria y Agüero.

Allí se había erigido a fines del siglo XIX el palacio Unzué, una construcción de estilo francés que el Estado Nacional decidió expropiar en 1937 y convertirla en residencia presidencial. Sus primeros moradores, a partir de 1946, fueron justamente el General Juan Domingo Perón y su esposa Eva.

A ese palacete, cuentan, Evita regresaba de madrugada después de trabajar incasablemente para sus “grasitas” en la Fundación, donde realizaba entrevistas con sindicalistas y encuentros con gente desahuciada –“excluida” se diría eufemísticamente ahora–.

Fue en esa misma casona de Recoleta donde su tempranísima enfermedad comenzó a consumirla y el lugar que, el 26 de julio de 1952, la vio cerrar definitivamente sus ojos. Evita había nacido 33 años antes en Los Toldos, provincia de Buenos Aires y, a los 15, llegó a la gran ciudad para convertirse en actriz.

Radioteatros y tapas de revista fueron sólo el preludio de su inimaginable destino mítico, que comenzó a dibujarse en 1944, cuando conoció y se enamoró del entonces ascendente coronel Perón.